dilluns, 9 d’abril de 2012

Bona pràctica al llibre de Mari Carmen Díez.


Soltando amarras.
"Sin embargo hoy en día ofrecer esta espera resulta más complicado de lo que parece. Estamos en la era de las prisas, y se vive como algo terrible tener que esperar para la más mínima cosa. Si escribimos un mensaje en el móvil, nos saltamos la mitad de las letras para terminar antes. Si apretamos un timbre y tardan en abrir la puerta, nos desesperamos. Si preparamos una comida, queremos que esté hecha a los cinco minutos. Todo lo rápido triunfa: coches, microondas, máquinas de afeitar, trenes, o quitamanchas... En cambio cualquier cosa «lenta», o que requiera un proceso de tiempo más o menos largo, está condenada al fracaso. Sólo le perdonamos una cierta tardanza de segundos al ordenador... Tenemos prisa con el perro, con los ancianos, con los que van en el coche de delante, con la cajera de la tienda, con la pareja y con nosotros mismos...

Con los niños también tenemos prisa, queremos que crezcan demasiado rápidamente y además que sean inteligentes, que no lloren, que no cojan traumas, ni constipados, que aprendan inglés lo antes posible, que sean buenas personas, que no den mucha lata, que sean simpáticos, autónomos, modernos y creaitvos. Aunque, como todos sabemos, un niño no se hace en un día...

En Konrad [Christine Nöstlinger (1995): Konrad o el niño que salió de una lata de conservas. Madrid. Alfaguara.] se plantea una situación extraña y divertida. Una mujer de mediana edad recibe un paquete por correo, que contiene un bote enorme, con unos enigmáticos polvos. Las instrucciones explican que habrá que diluirlos en agua caliente y remover durante unos minutos ¡para que salga un niño vivito y conleante! La criatura se va hinchando, y acaba apareciendo formada ante los atónitos ojos de la señora, que escucha pasmada cómo un niño rubito y guapote le dice: «mamá», entre grandes sonrisas. Para la ficción está bien. La realidad es otra cosa.

Y en esa realidad en la que nos movemos, a quien nos encontramos es a un niño sujeto desde antes de nacer a las expectativas y los deseos de sus padres. Un niño que nace y queda asignado a un lugar, a una imagen, a unas demandas. Un niño en el que se proyectan las necesidades de los padres, las rivalidades de los hermanos, y, en fin, los afectos positivos y negativos del resto de los miembros del núcleo familiar. Un niño con una gran necesidad, a su vez, de cuidados, de seguridad, de calma, de afecto, de placer... Un niño que precisa ser mirado, tocado, escuchado, contenido. Un niño que necesita sentirse acompañado, conocido, reconocido y aceptado en sus modos y maneras, en su cuerpo, en su sexo, en sus exploraciones, en sus miedos, en sus gustos...

Para acompañar este proceso de emergencia de la identidad, a mí me sirve una pista que me ofreció hace ya bastantes años Julio Ramón, un vecino de Beniardà, ya mayor, con el que coincidía por las tardes paseando, él a sus nietas y yo a mis hijos: «A los niños hay que amorarlos (dar amor, acariciar, ablandar), me decía. Los cobijas, y los sueltas. Les das cariño, y los frenas. Y todo eso que sea sin prisas, poquito a poco»” (Díez, 2010 : 28).

DÍEZ NAVARRO, C. (2010): «Soltando amarras» a Mi escuela sabe a naranja. Estar y ser en la escuela infantil. Barcelona: Graó, pàg. 28 i 29.

Per a mi aquest fragment del llibre Mi escuela sabe a naranja és un exemple de bona pràctica, ja que pens que en aquest món de preses en el que vivim, com diu l’autora, necessitem de temps d’espera i escolta. És imprescindible no tenir presa, deixar que les coses surtin pel seu propi pes i això, si nosaltres no ho posem en pràctica amb les tasques de vida quotidiana que vivim amb els infants, com volem que ells ho apliquin i siguin futurs adults sans?

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